sábado, 29 de octubre de 2011

EL BESO DE LA VIDA

Un gato siamés, llamado Milungo, fue el único heredero de una fortuna de 50.000 dólares dejada al morir por una anciana, viuda de un norteamericano que vivió en Angostura en tiempos de Mene Grande Oil Company.
 La señora Mara falleció un día de abril dejando en Florida su casa y sus acciones al gato, el cual quedó al cuidado de su gran amiga la señora Genoveva, quien recibió alquiler gratis mientras vivió Milungo. Después de morir el gato -eso decía el testamento- la fortuna debía pasar a ella o a sus hijos si los llegara a tener. Pero la señora Genoveva nunca tuvo hijos ni se interesó en casarse, pues todo su tiempo y su amor los dedicaba al gato.

Milungo rebasó el promedió de vida de los gatos. Vivió un poco más de quince años. Murió de viejo y después que su nueva ama lo llevó al restaurante “Animal Gourmet”, único de su tipo, donde solía degustar sabrosos platos el día de su cumpleaños.

La señora Genoveva se había encariñado tanto con el gato que después de muerto no podía vivir sin él por lo que para llenar el vació, un vecino, también amigo de los gatos, le aconsejó se buscara un sustituto de la misma raza.

Un día de marzo, leyendo la prensa, se interesó por “Squeak”, un gato siamés, que había hecho cinco cruces trasatlánticos en dos días. Estaba siendo embarcado desde Londres a Chicago cuando se perdió en el departamento de carga. Squeak no fue encontrado hasta que el avión regresó a Londres, luego a Montreal, más tarde a Londres. El gato fue alimentado y enviado por quinta vez a través del Atlántico y se reunió con su propietario en Chicago, a donde viajo la señora Genoveva para comprarlo con parte de la herencia que a esa altura ya se había multiplicado por efecto de los dividendos.

Squeak era lo que se conoce como un gato real de Siam, con cabeza, cola y patas color chocolate oscuro, y el resto del cuerpo más claro. Pero según el veterinario que periódicamente lo chequeaba, le hacía falta un compañero, por lo que Genoveva no vaciló he hizo traer de la tienda de animales de Roy Tutt, un gato de vello extremadamente largo y suave llamado “Match” con el cual Squeak parecía llevársela bien. Match era una gata de Angora, vale decir, originario de Ankara, capital de Turquía, y la cogió por treparse en el tejado, atraído por una gata cartuja del vecino, con la cual a la larga tuvo dos lindos gatitos. El vecino, quien al parecer sabía mucho de gatos, sorprendió a la señora Genoveva con la novedad manifestándole su contento, pues loa gatitos eran persa en razón del cruce de razas y le prometió uno tan pronto la madre dejara de amamantarlos. Así ocurrió y la señora Genoveva llegó a tener una familia de tres gatos que llegó a aumentar a cuatro con “Minino” un venezolano de color atigrado que le mandó de regaló el señor Hoyt Sherman desde Guayana, al enterarse de la muerte de Milungo, de la esposa de su antiguo amigo de la Mene Grande.

El criollo felino tenía unos ojos de color naranja que deslumbraban en la oscuridad y unos bigotes que parecían antenas. Era buen cazador, y desde los gruesos muros y azoteas de las viejas casa angostureñas por donde se la pasaba día y noche a disgustos de su amo, mantenía a raya a los roedores de los predios cercanos. Pero, ahora en Florida, era distinto. Aquí disfrutaba una vida moderna de consentimiento, bien alimentado, y sin necesidad de andar corriendo detrás de las ratas que llegaban de Europa en los barcos de la Real Holandesa.

Los cuatro animales que habrían sido cinco si no hubiese muerto Milungo, disponían de un cuarto exclusivo para ellos en la casa de Florida. La habitación, decorada a lo Walt Disney, tenía una puerta gatera por donde entraban y salían a su antojo, y en cada rincón un almohadón que hacía las veces de cama. En otro lugar afuera se les servía la comida a base de carne y pescados alternos dos veces al día y agua continuamente limpia y fresca. Eran gatos inteligentes que se habituaron rápidamente a las costumbres de la señora Genoveva, quien los sacaba a pasear y el día de su cumpleaños, pues cada cual tenía su pedegree, los llevaba al “Animal Gourmet” donde la vida perruna y gatuna se veía muy bien gratificada, pues allí ofrecían para ellos bistés, quiso de riñón, pasta de hígado, cóctel de langostinos, filet de pescado hervido, comidas fría y la infaltable torta individual de cumpleaños a base de hígado y alimento concentrado, nevada con leche en polvo y decorada con artísticos acanalados en azul o rosa, y el nombre del cumpleañero.

Cada día la señora Genoveva amaba más a su familia gatuna e interesada por el origen, raza, costumbres, mitos y leyendas de esta menuda familia de los felinos, procuró literatura especializada que la remontaron hasta la época del Diluvio cuando según la leyenda hebrea el patriarca Noé, desesperado por las ratas y ratones que consumían sus provisiones, rogó protección divina y Dios le envió al León. El Rey de la selva estornudó y de su nariz salieron pequeños gatitos que enseguida comenzaron a cazar.

Otra versión más próxima a la realidad le decía a la señora Genoveva que el gato de nuestros días, proviene del gato enguantado al que los egipcios adoraban como divinidad. Este félido era objeto de culto, especialmente en Bubasti, ciudad consagrada a la diosa Bastet, que tenía cabeza de gato. Según el historiador Heródoto, cuando en Egipto estallaba un incendio, o había una catástrofe, lo primero que hacían era salvar a los gatos. Inclusive, si algún habitante mataba uno de estos felinos, se le condenaba a muerte. Los cadáveres de los gatos eran embalsamados y enterrados con gran pompa.

Este singular hermano menor del Tigre, de la Pantera, del Puma y del León, se conoce en Europa desde antes de Cristo. Griegos y romanos lo criaban con finalidades prácticas: cazar los ratones que infectaban a sus ciudades y producían grandes epidemias.

La señora Genoveva, además de querer mucho a los menudos felinos, se afligía hasta el extremo de enfermarse cuando ocurrían en cualquier parte del mundo problemas de salud física o espiritual que tuvieran que ver con los gatos. Una vez demandó a una Bruja que los utilizaba en ritos satánicos e interesó a la Fundación Purina, una de las organizaciones privadas más importantes de España dedicada al respeto y cuidado de los animales domésticos y con la cual tenía comunicación permanente, para que emprendiera una cruzada contra unos camuflados restaurantes de Hong Kong, especializados en manjares a base de carne de gato, perro y serpiente, con propaganda según a cual, el estofado de perro, la serpiente frita o la sopa de gato, protege contra los resfríos y aumenta la potencia sexual.

Cunado en Bolivia la temible fiebre hemorrágica trasmitida por ratones, diezmaba a los habitantes de pequeñas localidades en las selvas del noreste, la señora Genoveva pensó seriamente en darle a su vida y a sus gatos una orientación menos apegada a la molicie, más altruista y humanitaria. Así que se comunicó con la Embajada de Bolivia y puso a disposición sus gatos para que fueran enrolados en el ejército gatuno que, según la prensa, estaban preparando en el altiplano para aerotransportarlo a las zonas afectadas y darle la batalla a los ratones. Estos roedores portaban el virus causante del ”Machupo” como los lugareños llamaban a la temible enfermedad que mataba en quince días.

La Embajada boliviana no vaciló y hizo todos los preparativos para enrolar al cuarteto gatuno, el cual fue aclimatado a la temperatura tropical donde el mal se hacía presente al tiempo que adiestrado para enseñarlos a cazar roedores. Allí mismo el cuarteo fue usado como semental para aumentar la población felina toda vez que se necesitaba un gato por cada vivienda.

Los gatos cumplieron su misión como soldados de primera línea en esta guerra raticida que a la postre resultó tan efectiva como una vacuna. Luego, con distinciones que la señora Genoveva fue a recibir a La Paz, el cuarteto gatuno regresó a su anterior y sosegada vida de molicie en Florida hasta que la señora Genoveva, optimista por el buen papel que habían hecho sus gatos en Bolivia, muy destacadamente el gato Minino de Angostura, decidió enviarlo a Venecia, la tierra natal de su testadora donde por falta de gatos cazadores, 600 policías municipales habían sido movilizados para combatir una invasión de ratas.

La señora Genoveva tenían pensado enviarlos luego a Brasil, donde según las estadísticas del Ministerio de Salud existían 270 millones de ratas, un promedio de tres por habitantes, pero sus gatos de buena raza transformados por obra y necesidad de los bolivianos en hábiles cazadores, no tuvieron suerte, pues las ratas venecianas eran demasiado grandes y con dientes tan afilados que terminaron por devorarlos a ellos. Sólo Minino, como se llamaba el gato atigrado de Angostura pudo salvarse al correr velozmente y treparse en a cúpula más alta de la Catedral de San Marcos, de donde no se atrevía a bajar.

Una brigada de bomberos luchó durante una hora por rescatarlo, pero tuvo que abandonar la tarea debido a que su escalera de incendio no alcanzaba y a otras dificultades propias de la hermosa cúpula de estilo oriental que hacía imposible la operación salvadora.

Pero un trapecista de circo trepó hasta cierto punto y logró enlazar al gato luego de tres intentos, pero con tan mala suerte que el lazo quedó estrangulando el cuello del Minino.

Actuando rápidamente un activista de la Sociedad de Prevención de Crueldad para con los animales, se hizo cargo del caso. Cuando falló el masaje del corazón, aplicó a Minino el llamado “beso de la vida” y quedó salvado para disfrutar con su putativa madre Genoveva, de las vidas que le quedaban.



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