lunes, 28 de noviembre de 2016

LA LAGUNA DE LOS CAIMANES

Eran tres lagunas, juntas y muy próximas una de las otras, grandes, difícilmente accesibles, a la margen derecha del Orinoco, cobijadas periféricamente por una alfombra de Boras desde que perdieron su comunicación en tiempos de aguas altas con el río.
caiman negro alvino del orinoco blanco cocodrilo
Su único nutriente o surtidor eran las aguas de lluvia que drenaba la ciudad a través del canal de cintura, de una ciudad que fue creciendo sin dejarle más espacio y respiro que el cielo y sus predios orilleros.

Eran tres, pero sólo una, la del Medio, era la laguna de los caimanes porque la gente llegó a creer que allí moraba más de un caimán, pero un solo ejemplar habitaba el cuerpo de agua, un ejemplar casi domesticado por un niño que vivía en uno de los barrios de los alrededores.

El niño se llamaba Chispito, diligente, curioso, avispado, que se apretaba con índice y pulgar el labio inferior y emitía un silbido largo y agudo que se extendía sobre la superficie de la Laguna y casi rielaba y llegaba a producir acentuadas ondas.

El caimán percibía este silbido y respondía por reflejo deslizando su pesado, oscuro y costroso cuerpo hasta la orilla donde se hallaba Chispito con quien había establecido una cotidiana relación de inteligencia de forma tal que el niño podía sin temor atraer y acariciar el hocico del extraño saurio.

La aspiración de Chispito era poder algún día montar al caimán como jinete a su caballo y cabalgar sin rienda por todos los espacios abiertos de la laguna, asombrando de emoción a vecinos y turistas; mientras tanto, se conformaba con invitar a sus amigos de la escuela para que vieran mediante apuesta cómo el caimán respondía su silbido. Chispito se hizo millonario en centavitos, realitos y golosinas hasta que intervino el cuerpo policial del estado y previno a los padres del peligro que corrían sus hijos al acercarse a un reptil tan voraz como el caimán del que se contaban tantas historias.

Del Caimán del Orinoco se contaban muchas historias. Muy raro que pasara el año sin la noticia de un ser humano devorado en tiempos de inundación. Si el caimán llegaba a probar carne humana se quedaba cebado en el sitio por largo tiempo, pues debido a su astucia y a lo invulnerable de su piel, resultaba difícil eliminarlo. Para liquidarlo había que dispararle con arma de fuego a las fauces o en la fosa axilar. Los indios tenían su propio método. Lo capturaban con poderoso anzuelo de hierro puntiagudo, cebado con carne y atado a una cadena que luego aseguraban en un árbol. Tras su captura terminaban con él atacándolo con lanzas.

Era evidente la desventaja del caimán frente a los recursos depredadores del hombre y mucho más se acentuaba cuando circunstancialmente se engullía a un infortunado. Para muestra bastaría citar entre numerosos casos, el de Francisco Castillo, septiembre de 1900. Este mayordomo de uno de los hatos del Torno, propiedad del general Ernesto García, fue devorado por un caimán contra el cual luego se desató una persecución implacable hasta que fue capturado.

Para asegurarse asimismo los vengadores de que se trataba del caimán que andaban buscando y no otro, le abrieron el vientre y quedaron convencidos, pues encontraron restos del mayordomo que el caimán se había engullido.

Un Jueves Santo de 1914, en isla Platero del Paso del Infierno, sucumbió víctima de la voracidad de un caimán el marinero de la piragua “Amazonas”, Amador Pérez, de 39 años y natural de Tucacas.

El infortunado fue cogido por la cabeza y arrastrado violentamente por el saurio, sin permitir que los compañeros de la embarcación pudieran auxiliar al desgraciado, al que vieron aparecer a lo lejos, por tres veces, debatiéndose entre las mandíbulas del animal, hasta desaparecer del todo, sin dejar más rastros que el sombrero de la víctima.

En Ciudad Bolívar devoró a una lavandera del sector de Los Corrales. Este fue perseguido por Santos Rodulfo, empleado de la lancha de Andrés Juan Pietrantoni, quien le dio muerte y luego lo exhibió durante varios días en la playa del Paseo.

Frente al Resguardo de Ciudad Bolívar, Samuel Gutiérrez, de un solo tiro de máuser, acabó con la amenaza de un caimán, de 3 metros, que merodeaba por esos lados en el año 1931.

Había otro por la zona de Orocopiche que no dejaba en paz a las tradicionales lavanderas del sector. Este fue capturado el 3 de julio de 1950, entre la Boca del San Rafael y La Toma.

Se creía que el último caimán que moraba por estos predios lo había matado el capitán José León Medina, en agosto de 1951 cuando el Orinoco se metió hasta algunas calles de la ciudad y hubo la alarma de un hidrosaurio que veían asomar sus fauces por el muelle de la Aduana, dispuesto a tragarse al primer caletero que cayera al río. Pero no fue así, el último caimán apareció confinado en la Laguna del Medio en plena camaradería con Chispito, quien burlando la vigilancia policial se fue un día a la laguna. Emitió un silbido. El hocico y los ojos del saurio emergieron del agua y enseguida se dirigió a la orilla. El niño entonces se sentó en el lomo, agarro la parte delantera de su temible cabeza y comenzó a cabalgar como todo un señor jinete.




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